No hay eneatipos mejores ni peores: cada carácter tiene sus automatismos y todos estamos a la misma distancia del centro.
Sin embargo, no partimos de las mismas heridas.
Este artículo explora cómo el eneagrama puede ayudarnos a comprender nuestro punto de partida, amigarnos con el personaje y dejar de obedecerlo ciegamente.
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1. La trampa de buscar un ganador
La pregunta parece inocente, pero contiene una pequeña trampa del ego: convertir el autoconocimiento en una competición.
Una cosa es dudar si un eneatipo es mejor que otro y otra reconocer que, desde nuestra percepción, algunos eneatipos nos parecen peores. Una cosa es la realidad y otra nuestra percepción de la misma. Aun así, quienes llegan al eneagrama suelen preguntarse si hay números mejores o peores. Quizá los E8 les parecen horribles o piensan: «Uy, los E7… Yo no querría ser uno».
Curiosamente, muchos E7 comienzan pensando que ellos están estupendamente y que lo ideal sería que los demás se parecieran un poco más a ellos. Con el tiempo descubren que son igual de neuróticos que el resto.
La respuesta es clara: no hay ningún eneatipo mejor. Todos son igual de buenos y de “malos”.
Cada carácter cree, en secreto, que su estrategia para estar en el mundo es la correcta. Sin embargo, como señalaba Claudio Naranjo, las pasiones son equivalentes: ninguna neurosis es más noble que otra.
Todos los puntos del eneagrama están a la misma distancia del centro. Y, salvo excepciones, no estamos ni especialmente iluminados ni especialmente jodidos: solemos movernos en un nivel medio de neurosis, incluso con mucho trabajo personal.
2. A la misma distancia, pero no desde el mismo lugar
Estar a la misma distancia del centro no significa que todos partamos del mismo sitio.
Desde la bioenergética, por ejemplo, el carácter esquizoide —que suele encajar bastante con el E5— habla de una herida temprana de rechazo. También podemos encontrar E8 con infancias especialmente duras. O personas E4 que, además de no haber sido elegidas, sufrieron episodios de desprecio o incluso violencia.
Nada es exclusivo de un número, pero podemos afirmar que, en algunos eneatipos y subtipos, encontramos con más frecuencia determinadas experiencias traumáticas durante la infancia.
Así, no todos cargamos con el mismo trauma ni con heridas de la misma intensidad.
El eneagrama no convierte esto en una clasificación. Más bien, nos ayuda a autoobservarnos y contarnos verdad. Nos ayuda a comprender desde dónde partimos y hacia dónde necesitamos caminar.
La diferencia importante no está entre un número y otro, sino entre vivir esclavos de nuestro condicionamiento o ir haciéndonos amos de nuestra propia casa.
No hay eneatipos superiores: hay personas más o menos conscientes de sus automatismos.
3. Dejar de obedecer al personaje
Madurar no consiste en cambiar de eneatipo, sino en dejar de obedecerlo ciegamente.
El objetivo no es —o no debería ser— trascender el eneatipo, sino amigarnos con él. Una vez que aceptamos lo que hay, comenzamos a tener posibilidades de realizar pequeños cambios. Si ponemos mucha consciencia en estos cambios y los hacemos en espacios de seguridad, pueden devenir en verdaderas transformaciones.
El mejor eneatipo sería, paradójicamente, el que deja de necesitar ser el mejor. El que descubre que su aparente virtud más celebrada también puede convertirse en la coartada perfecta de su neurosis. Suele haber una fina línea entre aquello que se nos da bien y aquello que, de tan bien que se nos da, termina dañándonos.
En lo esencial, no hay nada malo en nosotros. Y, a la vez, siempre tenemos alguna cosita que ajustar. Podemos llevar veinte años trabajando personalmente y pensar que ya hemos llegado a algún lugar elevado. En estos años hemos visto a mucha gente y a muchos terapeutas que así lo creen y que nos miran por encima del hombro, anclados en su ego espiritual. Creen firmemente que están en otro nivel y que nosotros, simples mortales, tenemos que seguir su estela. La realidad es que hay mucha megalomanía disfrazada de trabajo personal.
Y, por suerte, a la vez, nos podemos encontrar con maestros de vida que, sin tanto bombo y con una sutileza amorosa, nos muestran el camino que podemos seguir. Estas personas pueden ser grandes terapeutas —por suerte, hemos conocido a muchos—, pero también puede tratarse de la panadera de nuestro barrio.
Pero estamos donde estamos y, más allá de donde estemos, siempre existe un nuevo lugar al que llegar. El trabajo continúa siendo el mismo: autoobservación y ponernos a currar. Ser comprensivos y amorosos con el mundo que nos rodea, tratarnos con amabilidad y reconocer dónde nos toca seguir avanzando.
Cuando el personaje deja de mandar, aparece algo más verdadero: no alguien perfecto ni especial, sino alguien un poco más real y amoroso.
«La curiosa paradoja es que, cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar».
Carl Rogers
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