Visceralidad, reactividad e impulsividad

Visceralidad, reactividad e impulsividad

Visceralidad, reactividad e impulsividad pueden aparecer juntas, pero no significan lo mismo.

 La visceralidad es una manera de vivir conectada con el cuerpo y la acción. La reactividad surge cuando algo toca una herida y el carácter responde automáticamente. La impulsividad aparece cuando actuamos empujados por el momento, sin valorar suficientemente las consecuencias.

Ninguna pertenece exclusivamente a un centro o eneatipo. Además, actuar desde el cuerpo no siempre es inconsciente, ni ser espontáneo significa obedecer cualquier impulso. El trabajo personal consiste en introducir una pausa que reúna pensamiento, emoción e instinto y nos permita elegir la respuesta en lugar de funcionar en automático.

En el eneagrama, estos conceptos no significan lo mismo. A veces vienen en el mismo pack, pero no los metamos a todos en el mismo saco.

Conviene aclarar dos ideas: el instinto no es automatismo y la intensidad no siempre es impulsividad.

Todos disponemos de tres centros: emocional, mental y visceral. Aunque uno lleve la voz cantante, podemos acceder a los tres. Nadie es solo cabeza, corazón o tripas.

El problema aparece cuando el carácter pone el automático. Entonces ya no respondemos libremente al presente, sino desde viejas formas de protegernos.

1. La visceralidad: sentir desde las tripas

La visceralidad es una manera de vivir conectada con el cuerpo y la acción. La persona siente lo que ocurre directamente «en las tripas». Cuando algo la moviliza, puede sentir literalmente que «le hierve la sangre».

Las personas viscerales pueden actuar antes de pensar lo suficiente o de reconocer qué emoción se está moviendo. No necesitan montar antes un comité mental de expertos. Pero ser visceral no significa necesariamente ser impulsivo. La energía corporal también puede ponerse al servicio del control, la resistencia o la inercia.

Además, el cuerpo no siempre funciona de manera automática. Puede existir un instinto sano, capaz de captar lo que está sucediendo y responder con bastante precisión. Una cosa es actuar desde el cuerpo y otra dejar que el carácter se haga con los mandos.

2. La reactividad: cuando algo toca nuestra herida

La reactividad aparece cuando algo toca una tecla de dolor y se convierte en un disparador. El presente despierta una situación antigua y el carácter responde antes de que comprendamos qué está ocurriendo. En lugar de elegir nuestra respuesta, nos salta el piloto automático. Podemos salir por patas o entrar en plan kamikaze. Pero también podemos retirarnos, controlar, complacer, seducir o hacernos los muertos.

Una reacción automática no siempre monta un espectáculo. El silencio, la obediencia o una aparente serenidad también pueden ser reactivos.

El E6 contrafóbico es un buen ejemplo de que reactividad y visceralidad no son lo mismo. Pertenece al centro mental, pero ante el miedo puede enfrentarse al peligro con una intensidad enorme. Si hay fuego, no siempre huye. A veces se mete dentro. Su belicosidad no significa que haya dejado de sentir miedo. Puede ser precisamente una manera de no sentirlo. Y entonces recuerda bastante al E8.

La pregunta importante no es si somos personas reactivas, sino: ¿qué parte de mí está respondiendo ahora?

3. La impulsividad: actuar sin introducir una pausa

Impulso procede del latín impulsus: «empuje». Somos impulsivos cuando actuamos empujados por el momento, sin valorar bien las consecuencias. Un deseo, una emoción o una necesidad parcial toman el mando antes de que el conjunto de la persona pueda decidir.

El impulso tira hacia delante. La cabeza llega tarde. La impulsividad no es solo cosa de viscerales. Un E2 sexual intenso (con buena flecha al E8) o un E4 desbordado pueden actuar desde la emoción sin dejar espacio a la reflexión. La emoción coge el volante y la cabeza se va de paseo. Y, si alguien tiene papeletas para llevarse el premio al más impulsivo, es el E1 sexual. Su vehemencia puede llevarlo a corregir, confrontar o intervenir a toda velocidad: respuestas rápidas, contundentes y, muchas veces, automáticas.

Tampoco debemos confundir impulsividad con espontaneidad. La espontaneidad sana nace de la totalidad de la persona; el impulso neurótico nace de una parte que toma el poder. Incluso acciones aparentemente buenas —ayudar, proteger, corregir o aconsejar— pueden ser impulsivas si sirven para evitar nuestra angustia o no contactar con una necesidad propia.

Buenas intenciones, sí. Conciencia, no siempre.

Recuperar nuestra capacidad de elegir

La visceralidad habla de nuestra conexión con el cuerpo y la acción.

La reactividad, de qué tecla de dolor nos han tocado.

La impulsividad, de actuar sin valorar las consecuencias.

No son lo mismo. Pero, cuando aparecen juntas, el lío está servido.

El trabajo interior no consiste en volvernos fríos, pasivos o inofensivos. Consiste en recuperar la libertad que el carácter nos ha quitado. La pausa permite descubrir qué miedo, dolor o necesidad hay detrás del impulso. También nos ayuda a reunir pensamiento, emoción e instinto antes de actuar.

La libertad no consiste en hacer inmediatamente lo que sentimos, sino en poder sentirlo plenamente sin quedar obligados a obedecerlo.

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Autores del post: Agnieszka Stepien y Lorenzo Barnó (Haiki).

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