Saber tu eneatipo puede no servirte para nada

Saber tu eneatipo puede no servirte para nada

Saber tu eneatipo no garantiza que te conozcas. El “número” puede convertirse en una etiqueta para justificar conductas y seguir funcionando automáticamente. 

Lo importante es reconocer la pasión dominante, las defensas y los mecanismos automáticos del carácter. Identificarse puede requerir tiempo, duda y contacto con la propia historia. 

El verdadero trabajo comienza cuando llevamos el eneagrama a primera persona, observamos nuestras reacciones sin castigarnos y comprendemos qué hacemos y para qué. Solo entonces podemos introducir cambios pequeños, conscientes y realmente transformadores en nuestra vida cotidiana. 

1. Identificarnos no siempre significa conocernos

El eneagrama puede utilizarse muy bien o muy mal. Y, muchas veces, no se emplea de manera demasiado precisa. Parece sencillo: nueve eneatipos, nueve formas de ser. Hacemos un test o leemos algunas descripciones y concluimos: «Soy un seis», «soy un siete» o «soy un tres».

Pero quizá solo hayamos encontrado una nueva etiqueta para justificar casi cualquier cosa:

«Soy así porque soy un seis».

«Necesito libertad porque soy un siete».

«No puedo evitar exigirme porque soy un uno».

Saber el número no equivale a comprender el funcionamiento del carácter.

En nuestra opinión, lo importante es descubrir la pasión dominante, la fijación, las defensas y la red de automatismos que organiza nuestra manera de estar en el mundo.

El carácter no nos define por completo. Es una estructura condicionada que hemos terminado confundiendo con quienes somos.

Pensar que somos un eneatipo equivocado puede resultar menos útil que mantenernos en la duda. Pero acertar tampoco garantiza demasiado si convertimos el descubrimiento en otra forma de dormirnos.

2. Es bonito mantener la duda, pero sin instalarnos en ella

No todo el mundo reconoce su eneatipo de la misma manera. Hay personas que leen una descripción y sienten inmediatamente: «Guau, están hablando de mí». Otras necesitan mantener varias hipótesis durante bastante tiempo. Por ejemplo, resuenan con algunos rasgos del tres, se reconocen en aspectos del seis y descubren también elementos del uno.

Está bien tontear con esos números y mantener abierta la investigación.

Nuestro carácter no nace necesariamente de una única «herida de infancia». Se forma como una estrategia de adaptación ante experiencias dolorosas, carencias afectivas y aprendizajes que terminan rigidizándose. Aquello que alguna vez nos ayudó a sobrevivir psicológicamente acaba funcionando de manera automática, aunque ya no responda a nuestra realidad.

Por eso no siempre estamos preparados para reconocer el carácter. Tenemos defensas, puntos ciegos y una imagen de nosotros mismos que protege precisamente aquello que necesitamos descubrir. El auto-reconocimiento puede requerir tiempo, madurez y contacto con nuestra historia. No basta con recordar lo ocurrido: necesitamos comprender cómo lo interpretamos y de qué manera seguimos repitiéndolo.

Tardar en identificarnos puede formar parte del proceso. Pero mantener la duda no significa quedarse indefinidamente entre posibilidades. La duda es útil cuando nos vuelve más observadores, no cuando nos evita mirar.

Y puede ocurrir que, finalmente, aparezca aquello que nunca hubiéramos querido ver:

«Maldito eneatipo y maldito subtipo. Era el que peor me parecía».

Pasa mucho.

El reconocimiento verdadero suele incomodar porque no confirma la imagen que teníamos de nosotros mismos: la cuestiona.

3. Llevar el eneagrama a primera persona

La clave no es encontrar rápidamente nuestro eneatipo, sino conseguir que el eneagrama nos sirva para vernos. Está bien leer, ver vídeos y acumular conocimientos. En nuestras formaciones ofrecemos muchísimo material. Pero lo esencial no son los textos ni los tropecientos vídeos que hemos grabado. La información pierde fuerza cuando se separa de la experiencia. El aprendizaje profundo aparece cuando empezamos a observar cómo actúa el carácter en nuestra vida.

Llevar el eneagrama a primera persona significa reconocer cómo se manifiesta nuestra pasión dominante, qué interpretaciones repetimos, qué buscamos en los demás y qué emoción o vulnerabilidad evitamos. No se trata de descubrir un defecto y corregirlo inmediatamente mediante la fuerza de voluntad.

Por ejemplo:

«Con mi hijo soy demasiado exigente. Mañana voy a ser menos exigente».

Esa intención puede convertirse en otra exigencia dirigida contra nosotros mismos. Incluso podemos reprimir la irritación mientras seguimos juzgando interiormente al niño.

Antes de cambiar la conducta –que a veces es necesario-, conviene observar qué se activa cuando nuestro hijo no hace las cosas como esperamos: una amenaza, una idea rígida sobre lo correcto o una angustia que no sabemos sostener.

Entonces puede aparecer una pregunta incómoda:

«¿Estoy intentando educarlo o estoy descargando sobre él mi propia angustia?».

Esta observación no implica quedarse pasivo. Significa no precipitarse hacia una mejora voluntarista que reproduzca el mismo mecanismo que queremos transformar. Proponemos, en un principio, una mirada neutral y curiosa sobre la propia «máquina»: reconocer qué hacemos, cómo lo hacemos y para qué. La modificación de la conducta puede venir después. Cuando vemos claramente un automatismo mientras está sucediendo, este empieza a perder poder. Entonces sí podemos introducir cambios pequeños y concretos: detenernos antes de reaccionar, reconocer qué sentimos o preguntar al otro qué necesita.

Y, si volvemos a actuar automáticamente, observar lo sucedido sin utilizarlo para castigarnos.

Saber tu eneatipo puede no servirte absolutamente para nada. Observar cómo tu carácter dirige tu vida puede cambiarlo casi todo.

«Conocerse a sí mismo es conocer al falso ser. Cuando uno logra verlo, está comenzando a hacerse sabio».

Claudio Naranjo

 

 

Autores: Agnieszka y Lorenzo / Haiki

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