Trabajar en uno mismo a tiempo completo

Trabajar en uno mismo a tiempo completo

Ir a terapia o hacer procesos terapéuticos está estupendo y, en muchos casos, es suficiente para empezar a salir del enamoramiento del personaje.

En otros casos, vemos que gente, con supuestamente mucha terapia encima, sigue con egos enormes: más sofisticados, más “espirituales” o más razonables; pero igual de reactivos. Ahí aparece una idea muy naranjiana: no basta con entenderse; hace falta desidentificarse de la pasión y de la fijación que sostienen la neurosis cotidiana.

Y, más allá de ello, está la posibilidad de trabajar en nosotros mismos en todas las áreas de la vida. Esto incluye todo: desde la forma en que comemos, nos movemos, trabajamos o nos relacionamos, hasta cómo mentimos (sutilmente) para no sentir, cómo “compensamos” el vacío o cómo buscamos aprobación. Así que, si te interesa el tema, este post es para ti.

No es la primera vez que hablamos de algo parecido en Haiki. De hecho, cuando trabajamos la rueda de la vida (ver aquí), básicamente estamos dando un orden a este planteamiento. Pero quizás podemos ir un paso más allá: en un mundo tan complejo como el que nos toca vivir, podemos salirnos de visiones rígidas y compartimentadas y entrar en algo más fluido sin perder rigor. El rigor de mirarnos donde más duele.

Marco general y sensibilidad

Mucho de lo que hacemos, sentimos o pensamos está ligado a la mirada del otro. Más allá de que seamos un eneatipo 3 u otro tipo de ego, nadie se libra de ello. Lo que podemos trabajar es bajar la intensidad de esa dependencia, porque ahí se alimenta el carácter. También ayuda mucho entender el tipo de mirada que, consciente o inconscientemente, buscamos. No es lo mismo la validación del que busca “ser el niño bueno” que la del que, por ejemplo, “puede con todo”.

Muchas veces tiene que ver con haber endiosado a papá o mamá (o a cualquier figura de autoridad) y, desde ahí, seguir siendo niños en cuerpos de adultos. Dejar de idealizar figuras externas es una puerta de madurez. Cuando alguien se baja del pedestal y muestra grietas, no importa tanto su historia como lo que se activa en quien mira: la necesidad de un padre perfecto, el hambre de garantía, el anhelo de pertenecer a un relato que me salve del conflicto.

Mostrarnos desde la vulnerabilidad nos humaniza y nos acerca al otro. Seguir sacando pecho nos aísla del mundo. Ahí se vuelve visible la dependencia de la admiración y la tendencia a delegar la propia autoridad interna.

Por ello, trabajar el amor propio es imprescindible.
Ver aquí.

Pero entendido no como “gustarme”, sino como recuperar presencia, dignidad y verdad interna: dejar de venderme una imagen para sentir que existo.

La autoobservación es algo que muchos evitan y sería el paso imprescindible en esta propuesta de trabajo personal a tiempo completo. Hablamos de un propósito: vernos con ojos de detective de manera continua. Y ahí es donde nos la jugamos.

Estos temas los trabajamos en nuestra formación AMPLIADA de eneagrama

Formación AMPLIADA de Eneagrama.

La práctica como laboratorio del carácter

Ojos que pongan el acento en lo que queremos cambiar y, a la vez, sean compasivos con lo que hay. Porque no sirve de nada saber lo que nos conviene cambiar si lo hacemos con látigo.

Pillarnos en nuestros movimientos egoicos es un gran paso para comenzar el cambio. Y ese cambio, si le ponemos conciencia suficiente, se convierte en transformación personal. No se trata de “corregirme” desde el superyó, sino de ver con lucidez y compasión: qué hago, cuándo, para qué, y qué costo tiene.

La práctica, entonces, no es un fin ni una colección de gestas. Es una mirada amorosa sobre lo que sentimos, hacemos y pensamos. Una auto-invitación a estar en presencia constante, sabiendo que, salvo excepciones, es casi un imposible. Pero en esta utopía de presente continuo tenemos más opciones de tocar el cielo, aunque sea a ratitos.

Sin embargo, nuestro día a día es más ajetreado de lo que sería conveniente. Por eso conviene preguntarnos: ¿qué dolor intento evitar con mi personaje?, ¿qué tensión sostengo para no sentir?, ¿qué emoción mantengo “a raya” a base de control?, ¿qué deseo o miedo dirige mi vida desde la sombra?

Si el cuerpo es el lugar donde el carácter se imprime, la práctica (trabajo sobre sí) puede ser un laboratorio: el ego queda al descubierto no como idea, sino como gesto repetido, como hábito automático, como fidelidad a una vieja defensa.

Aquí los mecanismos de defensa campan a sus anchas.

La madurez no llega solo por acumular disciplina, sino por honestidad sostenida: ver sin maquillaje lo que hay. Eso sí: esta disciplina, bien enfocada, nos puede servir para trabajar de manera constante en nuestros cambios diarios.

Así, por ejemplo, moverse o entrenar no es optimizar una máquina: atraviesa pensamiento, emoción y relación con el cambio. Cuidar el cuerpo no puede ser un tema de estética. Ni tan siquiera solo de salud. Poner el foco en dedicar tiempo a entrenar es parte del trabajo sobre sí. Alguien puede estar moviendo una pesa y estar alimentando su ego, mientras otra persona, haciendo lo mismo, puede estar trabajando en sí. No importa tanto el qué hacemos, como el cómo lo hacemos.

La postura también puede ser máscara. A veces la rigidez sostiene una identidad: “soy fuerte”, “no necesito”, “no me toques”, “no me siento”. No se trata de buscar una postura perfecta, sino de preguntar qué evita: vulnerabilidad, vergüenza, dependencia, tristeza no llorada. El cuerpo no solo expresa la personalidad: muchas veces la mantiene y la reafirma.

Desde la bioenergética podemos trabajar esta correlación entre cuerpo y carácter.
Ver aquí.

La vida no es un sistema estable con resultados garantizados; por eso el aprendizaje real a menudo no añade, sino que desidentifica: suelta el control que en realidad es miedo a lo imprevisible.

Aquí aparece una paradoja: sin quietud no hay verdadero movimiento. Cuando cesa lo externo, se intensifica lo interno; cuando baja la agitación, aparece el bullicio que sosteníamos para no escuchar.

La tensión es necesaria para la estructura; el problema es el ruido (exterior e interior): tensión muscular inútil, tensión mental (rumiación) y tensión emocional (reactividad). Ese ruido no es accidente: es estrategia egoica para no sentir. Para no estar en paz. Cuando subimos el volumen del sistema (estrés, estímulos, urgencia), perdemos sensibilidad: corporal, relacional y también ética o espiritual. Desde ahí, el matiz se vuelve invisible y la conciencia se estrecha.

Concreción, regulación e integración

El antídoto es vaciar: entrenar atención, de hecho, en las pequeñas cosas del día a día que queremos trabajar. Ir a lo concreto. Es genial querer, por ejemplo, ser lo más respetuoso posible; pero donde conviene poner el foco es en ser respetuoso con alguien específico, hoy mismo. Todo lo que hacemos es concretable, siempre. Está bien querer comer sano; pero, nuevamente, si no lo aplicamos en lo concreto de las próximas comidas, no servirá de mucho.

Estamos constantemente eligiendo y, si ponemos el foco, podemos afinar mucho con esas elecciones. Esto incluye si comemos un ultraprocesado o nos quedamos viendo series en vez de comermovernos de manera consciente. Y aquí es importante la palabra consciente, porque alguien puede comer aparentemente supersano y, nuevamente, estar engordando su ego en la búsqueda de una imagen —a veces casi imposible— con la que seguir atrapando la mirada del otro. El día a día… ¡está lleno de trampas!

En una cultura acelerada, necesitamos más exhalación y más capacidad de calmar, a diario, no más picos de intensidad. La respiración consciente y discreta obliga a aquietarse.

Meditar (ver aquí) no es una opción, en nuestra opinión, es requisito imprescindible para trabajar en nosotros. 

Relajarse no ocurre solo por orden mental. Necesitamos cierta seguridad mínima. Regular es salir del secuestro fisiológico; transformar es ver el patrón que crea ese secuestro. Si solo regulas para volver a rendir, la práctica (el trabajo sobre sí) queda al servicio del viejo carácter: el ego sigue al mando. Si regulas para sentir, comprender y soltar defensa, la práctica abre libertad y nos acerca a la esencia (a una presencia más simple, menos reactiva, más amorosa).

Practicar todo lo que venimos hablando busca autoconocimiento. Lo valioso es lo transferible: coordinación, presencia, estructura y relación con el miedo; pero, sobre todo, la capacidad de estar con lo incómodo. La disciplina vale si desmonta la compulsión, no si la embellece. La práctica deja de ser identidad (“yo soy esto”) y pasa a ser camino (“me observo en esto”).

La autenticidad no es originalidad ni “hacer lo que me apetece”. Es simplicidad: menos adorno y más verdad. Integrar es unificar: que cuerpo, emoción y pensamiento no se contradigan; que lo que hago no tape lo que siento, y que lo que siento no secuestre lo que elijo.

Si no hay armonía y coherencia, el ego seguirá al mando de la nave.

Cuando el ego se siente pillado, pierde tiranía, y aparece una forma más consciente, amorosa y responsable de habitar la vida.

Texto redactado por Haiki

Agnieszka Stepien y Lorenzo Barnó

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“(…) Me gustaría señalar la importancia del aspecto del «trabajo con uno mismo» que consiste en el reconocimiento de la verdad sobre uno y sobre la propia vida, a pesar del malestar o el dolor que ello pueda suponer: en otras palabras, la confesión íntima. Así como en el lenguaje cristiano se dice que el reconocimiento del pecado puede ser la puerta de entrada a la contrición, la purificación y la salvación final; podemos decir, en términos más contemporáneos, que cualquiera que reconozca plenamente la esclavitud psicológica a que someten las pasiones sentirá un deseo de liberación alentado por la intuición de una libertad espiritual.
En otras palabras, rezará o aspirará íntimamente a liberarse del reino de las pasiones para respirar un aire más elevado.” Claudio Naranjo

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Te gustará esta entre vista a Ido Portal.

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Algunas ideas importantes de la entrevista:

PARTE 1. Marco general y sensibilidad

1.1 Introducción
Basado en la transcripción de la entrevista de Ido Portal en el podcast «Align», este análisis exhaustivo profundiza en los temas tratados, explorando las capas filosóficas y prácticas de su método. En esta conversación, Ido se aleja deliberadamente de la imagen de «superhéroe infalible» o líder de culto que a menudo se le atribuye desde lejos. En su lugar, opta por mostrar «el verdadero Ido», discutiendo abiertamente sus sombras, sus mentiras pasadas y los mecanismos de defensa que construyó. La estructura que sigue no es solo un resumen, sino una disección de cómo el movimiento trasciende el ejercicio físico para convertirse en una herramienta de examen existencial, donde la práctica no es un fin en sí mismo, sino un espejo para la madurez emocional y espiritual.

1.2 La Filosofía del Movimiento: Más Allá de lo Físico
En esta entrevista, Ido Portal deconstruye la noción popular de lo que significa «movimiento», alejándola radicalmente de la simple actividad física, el deporte o el fitness convencional. Para Ido, el error fundamental de la sociedad moderna es confundir el movimiento únicamente con el cuerpo o la fisicalidad. El movimiento es una entidad vasta y omnipresente que cruza múltiples capas de la existencia humana; no se limita a la contracción muscular, sino que abarca el movimiento de los pensamientos, el flujo de las emociones y nuestra intrínseca relación con el paso del tiempo.

Ido sugiere que preguntar «¿Qué es el movimiento?» es casi sinónimo de preguntar «¿Qué es la vida?»: es una entidad tan profunda y amplia que la mente cognitiva lucha por capturarla completamente. No podemos simplemente «sujetarla» con definiciones estrictas porque el concepto se escapa entre los dedos de la lógica. Utiliza la antigua analogía del río para ilustrar nuestra composición esencial: no somos el hombre parado en la orilla observando el agua pasar, sino que estamos hechos del río mismo; somos flujo, tiempo y cambio constante, viendo nuestro propio reflejo en esa corriente incesante.

Esta perspectiva establece la base filosófica para toda la conversación: la práctica no trata de ejercicios, repeticiones o logros atléticos, sino de cómo habitamos nuestra existencia a través del cambio. De hecho, Ido señala una paradoja crucial: el movimiento no tiene sentido sin la experiencia de la quietud. A menudo, cuando cesamos el movimiento externo (como en la meditación o la inmovilidad), se intensifica drásticamente el movimiento interno (pensamientos, sensaciones), demostrando que ambos estados son inseparables. Cualquier sistema que intente congelar este flujo en un solo modelo estático comete un «pecado», convirtiéndose en un dogma que inevitablemente gana distancia de la verdad.

1.3 La Tensión, el «Ruido» y la Ley de Weber-Fechner
Uno de los pilares técnicos y filosóficos que Ido discute extensamente es el concepto de tensión. Aunque a menudo se demoniza, Ido aclara que la tensión es absolutamente necesaria para la vida y la estructura; sin ella, no tendríamos forma humana y nos disolveríamos. Ido llega a relacionar esto con conceptos esotéricos como el «cuerpo de arcoíris» del Tíbet, sugiriendo que es la tensión la que nos mantiene atados a la forma física, y disolverla por completo significaría trascender la encarnación humana. Sin embargo, prefiere referirse a la tensión problemática como «ruido» en el sistema.

Ido clasifica la tensión muscular, las rumiaciones mentales y las emociones negativas bajo esta misma categoría de ruido. Todas estas manifestaciones operan bajo las mismas reglas fisiológicas: la tensión es ruido en el sistema motor, las rumiaciones son ruido en la mente y las emociones reactivas son ruido en el sistema emocional. Para explicar científicamente cómo este ruido afecta nuestra percepción, cita la Ley de Weber-Fechner. Esta ley establece que la capacidad de percibir un cambio está inversamente correlacionada con la cantidad de ruido que ya existe en el sistema antes del estímulo.

Ido ilustra esto con una metáfora brillante y táctil: si estás de pie con los ojos vendados sosteniendo una pesada barra de hierro (que representa mucha tensión/ruido) y una mosca se posa en el extremo, no sentirás absolutamente nada debido a la rigidez del sistema. Pero si sostienes una pluma (poca tensión/ruido), sentirás inmediatamente las vibraciones, incluso si una mosca se posa sobre ella. La vida moderna nos bombardea con ruido constante —música alta en clubes, estrés laboral, entrenamiento de alta intensidad—, lo que nos insensibiliza sistemáticamente. Para recuperar la sensibilidad, debemos encontrar componentes de «vaciado». Esto implica enfocar la atención en entidades cada vez más finas y delicadas, como intentar escuchar una voz que susurra o seguir una respiración que disminuye naturalmente, para «cazar» sensaciones sutiles y así disminuir el ruido general del sistema.


PARTE 2. Regulación del sistema: respiración, postura y relajación

2.1 La Respiración: Corrupción y Sutileza
Ido ofrece una crítica aguda y directa al estado actual del «breath work» (trabajo de respiración). Opina que, aunque la respiración es una herramienta potente que él mismo ha practicado durante 30 años, se ha corrompido por la cultura de la inmediatez y los «adornos y silbidos» (bells and whistles). La industria moderna busca convencer al atleta o al cliente en 15 minutos, priorizando efectos psicodélicos rápidos o sensaciones intensas sobre la verdadera regulación fisiológica. Critica la tendencia de hiperventilar y acelerar la respiración, señalando que la mayoría de la gente ya vive en un estado simpático excesivo.

En contraposición, Ido aboga por una práctica que reduzca el ruido. Sugiere que las personas modernas, atrapadas en un estado crónico de lucha o huida (fight or flight), no necesitan más activación de oxígeno (O2). Lo que necesitan imperativamente es aumentar la exhalación, mejorar la tolerancia al CO2 y fomentar una flexión general para calmar el sistema nervioso. Recomienda permitir que la respiración disminuya, haciéndola tan pequeña y fina que obligue al sistema a calmarse para poder seguirla, aplicando así la Ley de Weber-Fechner a la fisiología respiratoria.

Menciona que esta práctica de respiración reducida, si se hace con la dedicación adecuada —hablando de horas al día en casos severos, no solo sesiones de 20 minutos—, puede ser más potente que los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) para regular la química interna. Ido ve esto como una intervención química y mecánica que puede literalmente «salvar vidas» al alterar el estado base del individuo, alejándolo de la ansiedad y la sobreexcitación constante.

2.2 La Tiranía de la Postura y el Ego
La conversación profundiza en cómo nuestra postura física es un reflejo directo de nuestra psicología y nuestras inseguridades. Ido critica la obsesión moderna con la «buena postura», definida erróneamente como una extensión excesiva: pecho afuera, hombros atrás y costillas ensanchadas. Argumenta que esta es, en realidad, una posición desregulada y desequilibrada, una «armadura de carácter» (referenciando a Wilhelm Reich) diseñada para proyectar una imagen de fuerza que no es real.

Ido sostiene que esta postura inflada es un intento del ego de convencer al mundo (y a sí mismo) de su valor. Compara esto con la verdadera confianza, usando el ejemplo de su padre, quien nunca practicó artes marciales porque ya poseía una confianza innata, a diferencia de muchos practicantes que entran al dojo precisamente por falta de ella. La persona verdaderamente fuerte no necesita anunciarlo; su sola presencia es suficiente. Por el contrario, una postura más relajada, donde el esternón desciende y hay humildad en la estructura, puede denotar una confianza real que no requiere validación externa ni aplausos.

Aquí Ido toca el concepto de «Persona». Explica que la palabra proviene de las máscaras cónicas usadas en el teatro grecorromano para proyectar la voz hacia la audiencia. Nuestra personalidad es una máscara, un abrigo que usamos para funcionar en el mundo, pero no es nuestra esencia. El problema cultural actual es que vemos a hombres de 70 años que, por dentro, siguen siendo niños de 5 años porque solo han desarrollado el «abrigo» o la máscara, sin cultivar nunca la madurez interna.

2.3 El Mito de la Relajación
Cuando se le pregunta sobre cómo liberar tensión, Ido desafía la idea popular de que uno puede simplemente «relajarse» mediante una orden general o un deseo mental. La relajación no puede ocurrir a menos que exista una estructura alternativa que sostenga el soporte. Ido ilustra esto vivamente: si alguien te sostiene por las axilas y te grita «¡relájate!», tu cuerpo no soltará su peso a menos que sientas físicamente que el agarre del otro es seguro y capaz de soportarte. Sin esa confianza estructural, la tensión se mantiene como mecanismo de defensa.

Por lo tanto, la relajación es un proceso de aprendizaje activo y de resolución de problemas, no un estado pasivo. Se trata de escanear el cuerpo, detectar el «ruido» y encontrar una configuración diferente que permita soltar esa tensión específica. Ido usa el ejemplo de la apnea estática: el secreto para aguantar la respiración no es luchar contra el reloj con fuerza de voluntad, sino escanear el cuerpo buscando tensiones innecesarias y soltarlas. Transforma la experiencia de pánico en una invitación a realizar «cinco contracciones más» si el cuerpo lo permite, convirtiendo el caos en un juego de gestión de sensaciones donde la tensión no se juzga como «mala», sino como algo a resolver.


PARTE 3. Práctica, adaptabilidad e integración

3.1 Crítica al Fitness Moderno y la Especialización
Ido es profundamente crítico con la industria del fitness y los gimnasios convencionales. Argumenta que la mayoría de la gente pierde el tiempo construyendo «motores» (músculos, capacidad glucolítica) que son extremadamente costosos de mantener y que desaparecen rápidamente si se eliminan las condiciones ideales de nutrición, descanso y suplementación. Usa la analogía de un soldado desplegado en Afganistán: si su capacidad operativa depende de batidos de proteína y sueño perfecto, su «fuerza» se evapora en el momento en que entra en el caos del campo de batalla real.

Para Ido, una verdadera práctica de movimiento debe ir al núcleo, desarrollando atributos duraderos y transferibles. Cuestiona la interpretación popular de «supervivencia del más apto» (survival of the fittest) de Darwin y Wallace, aclarando que no se trata de la supervivencia del más fuerte, sino de la capacidad de mutación y cambio. Ser el «más apto» en un escenario específico (como ser el hombre más fuerte del mundo) te hace inservible en otro (como la gimnasia). El objetivo no es ser una llave especializada para una sola puerta, sino convertirse en una «llave maestra» capaz de abrir cualquier cerradura, priorizando la adaptabilidad y la resolución de problemas sobre la especialización rígida.

Utiliza una analogía sobre «contenedores» y «líquido». Los movimientos (boxeo, baile, escalada) son los contenedores (vasos, platos); el contenido (coordinación, ritmo, control emocional) es el líquido. Ido aconseja: «No mastiques el vaso, bebe el agua». El error común es obsesionarse con el contenedor (la identidad de ser boxeador o yogui) en lugar de extraer la nutrición (el aprendizaje sobre el miedo o la estructura) y luego descartar el contenedor para moverse al siguiente. La verdadera maestría implica usar los escenarios como excusas para desarrollar este «líquido» interno.

3.2 La Práctica como Camino de Autoconocimiento
La distinción entre «entrenamiento» y «práctica» es fundamental para Ido. Mientras que el entrenamiento busca objetivos externos, la práctica es un proceso de autodescubrimiento. Ido afirma radicalmente que «la vida no es para vivirla» en un sentido hedonista; si solo venimos a buscar confort y construir cosas que no podemos llevarnos al morir, nada tiene sentido. La vida es una escuela de evolución.

Ido comparte su propia evolución personal con vulnerabilidad. Admite que en el pasado usó la ira como combustible, creyendo que era su poder, pero descubrió que era una debilidad y una excusa. Distingue entre la «ira» común (una agitación infantil, un «berrinche de rata») y la «furia» o rage (una descarga explosiva y pura, similar a la de un oso o un animal salvaje) que puede salvar la vida. Sin embargo, para acceder a esa potencia real, uno primero debe dejar de ser controlado por la agitación constante de las pequeñas emociones.

Relata su experiencia reciente de ayuno de 7 días y pérdida de peso (bajando de 232 a 210 libras), describiéndola como un proceso de soltar una «armadura» del ego. Se dio cuenta de que mantenía un gran tamaño físico como un mecanismo de defensa para sentirse seguro e intimidante. Al soltar ese peso, sintió una liberación y un acceso a una energía más auténtica, comprendiendo que no necesita ser «el grande» para estar seguro en el mundo. Menciona también que el éxito material y la popularidad solo le trajeron una sensación de vacío, y que solo al «tocar fondo» y seguir hundiéndose encontró la verdadera gratitud, no como un acto forzado, sino como una consecuencia natural de vaciarse.

3.3 Integración, escenarios y autenticidad
El Problema de las Terapias y Psicodélicos Modernos:
Ido muestra un fuerte escepticismo hacia el consumo turístico de terapias y psicodélicos. Compara experiencias intensas como la ayahuasca, la acupuntura profunda o el trabajo corporal doloroso con «exorcismos» que abren puertas y liberan demonios. Sin embargo, advierte que si no hay una práctica diaria (un «río subterráneo») que conecte y teja esas experiencias en la realidad cotidiana, no hay transformación real del carácter. La gente salta de una experiencia cumbre a otra buscando una cura mágica, pero sin la integración aburrida y constante de la práctica, vuelven a sus patrones habituales.

Estrategia y Resolución de Problemas (El caso de Jake Paul):
Hacia el final, se le pide a Ido que opine sobre un combate hipotético entre Jake Paul y Anthony Joshua. Aplicando su filosofía de «escenarios», sugiere que Paul no puede ganar jugando al boxeo puro (el juego del especialista) contra alguien más grande y experto, ya que las reglas están diseñadas para proteger la especialización. Su única oportunidad (puncher’s chance) radica en alterar el escenario y las condiciones para anular las herramientas habituales del experto, creando un «think tank» que diseñe formas de llevar al oponente a aguas desconocidas, similar a cómo los judokas tuvieron que cambiar las reglas para evitar que luchadores no ortodoxos ganaran agarrando las piernas.Conclusión: La Búsqueda de la Autenticidad
En resumen, Ido Portal se presenta como un filósofo de la experiencia humana que aboga por la autenticidad sobre la originalidad. Define la originalidad como una persecución del ego por adornarse y destacar, mientras que la autenticidad es simple, «sin queso, sin adornos», puramente real. Nos invita a «tragar la granada» para que explote dentro de nosotros y fortalezca nuestras entrañas, en lugar de endurecer el caparazón externo para que la explosión ocurra afuera. La meta final es recuperar los «superpoderes» perdidos —sensibilidad, intuición, visión telescópica metafórica— que hemos sacrificado en nuestra «caída» hacia la comodidad moderna, y usar la práctica para descubrir quiénes somos realmente debajo de la máscara de la personalidad.

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