Personalidad y eneatipo. El Ego en el eneagrama

Personalidad y eneatipo. El Ego en el eneagrama

Incluso en nuestra máscara somos más que nuestro eneatipo. El eneagrama nos ayuda a reconocer los automatismos que aprendimos para protegernos; pero, no explica todo lo que somos.

Desde la mirada de Claudio Naranjo, importa descubrir qué nos mueve, qué evitamos sentir y cómo justificamos nuestras reacciones.

Autoobservarnos exige honestidad y cariño, sin convertir el crecimiento personal en otra forma de machacarnos. Conocer el mapa sirve si lo llevamos a nuestras relaciones cotidianas. El trabajo consiste en comprender el personaje, asumir nuestra responsabilidad y abrir espacio para responder con más libertad y menos defensas.

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1. SOMOS MÁS QUE NUESTRO ENEATIPO

Podemos pasarnos el día pensando en lo que hacemos mal e intentando arreglarnos. También podemos observarnos con cariño y reconocer algo que nos gustaría trabajar.   En ambos casos, nos estamos mirando, sí; pero, desde lugares muy distintos. El trabajo personal puede convertirse en otra manera de darnos palos. Incluso podemos montarnos un nuevo personaje: el de quien está siempre trabajando en sí y debería tenerlo todo resuelto.

Por eso, conviene recordar que lo que ya somos tiene mucho valor, aunque haya cosas que queramos cambiar. Aquí usamos «personalidad» en un sentido amplio: nuestras cualidades, dificultades, aprendizajes y contradicciones. Naranjo también utiliza esa palabra para hablar del carácter o del ego. Conviene aclararlo para no liarnos con los términos: una cosa es la persona y otra ese funcionamiento aprendido con el que acaba identificándose.

Desde esta mirada, el carácter se forma como una manera de adaptarnos a lo que nos toca vivir. Buscamos cariño, protección y un lugar. Algunas respuestas nos ayudaron a salir adelante, pero se quedaron tan pegadas que seguimos repitiéndolas aunque la situación haya cambiado. Ahí aparece el automático. Nos defendemos antes de escuchar, intentamos agradar sin preguntarnos qué queremos o nos adelantamos a un rechazo que todavía no ha ocurrido. Con ello, vemos que la suma del temperamento con el que llegamos al mundo y este carácter construido antes de la pre adolescencia, van construyendo la personalidad. El núcleo de la misma sería lo que vamos identificando como tipo de ego; es decir, el eneatipo (con su pasión y fijaciones). Esta máscara nos ayuda a reconocer qué organiza esas respuestas. Comprender el personaje puede darnos libertad, siempre que no lo convirtamos en toda nuestra identidad.

2. NO HACE FALTA QUE TODO ENCAJE

A veces encontramos nuestro eneatipo y hacemos malabares para encajar cada cosa que hacemos en su descripción. Y, cuando algo se sale, nos liamos. Podemos identificarnos con un eneatipo y reconocer rasgos de otros. También llevamos dentro maneras de relacionarnos que hemos aprendido de nuestra familia y de otras personas cercanas. Muchas veces, hemos introyectado a papá o a mamá mucho más de lo que nos gustaría.  La clave es reconocer cómo se organizan esos rasgos alrededor de una pasión y una fijación. Dicho en sencillo: qué nos mueve por dentro y qué ideas utilizamos para sostener esa manera de funcionar. Lo que sentimos y lo que nos contamos se van dando cuerda mutuamente.

Imaginemos a alguien que duda entre el dos y el siete. Se ve sociable, seductor y descubre que, a veces, da esperando recibir algo a cambio. Pero, al observarse, encuentra que le mueve especialmente buscar posibilidades, imaginar planes y tener una salida cuando aparece el dolor. Quizá se reconoce más en la gula del siete que en el orgullo del dos. Eso no borra los otros rasgos.

Parecernos a una descripción no basta: necesitamos reconocer qué nos mueve y cómo nos engañamos. También aquello que nos cuesta admitir, aunque estropee la imagen tan estupenda que tenemos de nosotros. Los subtipos ayudan a afinar, pero seguimos utilizando un mapa. Entender que no son 9 personajes, sino 27 es un paso importante. Escucha, aprende y contrasta con personas que tengan experiencia. Después comprueba lo que te cuentan en tu propia vida. Esa parte nadie puede hacerla por ti.

3. MIRARNOS SIN MACHACARNOS

Puedes llevar tropecientos años trabajando en ti y seguir descubriendo cosas. Basta con que la vida apriete para que salga una reacción que creías bastante trabajada. Discutes con alguien, levantas la voz o sueltas algo que duele. Después llega la culpa: «Otra vez igual. Con todo lo que llevo trabajado, no avanzo nada». Podemos empezar por mirar la escena: «¿Qué me ha dolido? ¿Qué necesitaba y no he sabido pedir? ¿Qué me estaba contando para darme la razón? ¿Cómo ha afectado mi reacción a la otra persona?». También podemos notar qué ocurre en el cuerpo y dejar un poco de espacio a lo que sentimos, sin correr a explicarlo todo.

Insistimos en observarnos sin precipitarnos a fabricar una versión mejorada de nosotros mismos. Hace falta ver con claridad lo que hacemos y permitirnos reconocerlo, aunque incomode. Eso sí, si somos capaces de contarnos verdad y, luego, compartirla, conviene encontrar un espacio de seguridad. Si enseguida intentamos corregirlo, podemos acabar tapándolo otra vez.

Para trabajar todas estas ideas y mucho más hemos lanzado:
Grupo ONLINE: Desmontando al EGO

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Mirarnos con cariño también exige honestidad. Podemos comprender de dónde viene una reacción y hacernos cargo del daño que provoca. Desde ahí, quizá aparece un paso: pedir disculpas, expresar una necesidad o escuchar antes de defendernos. Anotar una escena concreta del día puede ayudarnos a reconocer lo que repetimos. Porque leer eneagrama a saco sirve de poco si después no vemos cómo escuchamos, pedimos o discutimos.

Texto redactado por Haiki

Agnieszka Stepien y Lorenzo Barnó

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«Una desviación y mal uso del eneagrama es convertirlo en una herramienta de poder para diagnosticar y manipular a los demás, utilizándolo para analizar e interpretar a las personas con las que nos relacionamos, tomando un rol de superioridad sobre ellas, cultivando así la importancia personal y engrandeciendo nuestro ego, que se enfoca en mirar más a los otros que a nosotros mismos, jugando a ser terapeutas, aunque no nos lo hayan demandado, atribuyendo el poder de saber más sobre otros seres humanos que ellos mismos, incluso vendiéndoles una transformación que nosotros no hemos logrado. Sobre todo puede ser fatal en nuestras relaciones humanas».

Antonio Pacheco

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«Me avergoncé de mí mismo cuando me di cuenta de que la vida era una fiesta de disfraces; ¡y yo asistí con mi rostro real!» Franz Kafka.

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«Capas o estratos de la neurosis según F. PerlsDentro de una visión más completa de la estructura de la neurosis de Fritz Perls, la dividió en cinco estratos que va de más a menos superficial y son las capas que la persona va atravesando cuando profundiza y comienza a ser consciente de sus mencanismos neuróticos.El primer estrato es el de los clichés. Es la capa más superficial y donde se mueven las buenas formas del trato casual. Tenemos conversaciones así a diario en donde no se escucha ni se dice nada, en donde no nos miramos a los ojos ni nos vinculamos. Es el estrato más mecánico, más automático y más frío.La segunda capa es la de Eric Berne o Sigmund Freud, que es donde se juegan o se representan los roles. Este estrato se refiere al personaje que representamos ante los demás: al matón, al niño bueno, a la seductora, etc., que no son más que medios de manipulación para lograr lo que se quiere del ambiente. Perls dice de los roles que son estrategias superficiales y sociales de vinculación. Clichés y roles componen el estrato del “como si”. Es decir, vamos por la vida “como si” fuera una persona segura, por ejemplo, y tengo una cantidad enorme de estrategias aprendidas e inconscientes para que ni los demás ni yo misma me de cuenta de mi inseguridad ni vulnerabilidad.Si el sujeto es capaz de traspasar los roles y el “como sí”, se enfrenta al tercer estrato de la neurosis:El impasse. Aquí se vivencia la antiexistencia pues al dejar el rol de lado, el sujeto ya no sabe quién es. Aquí es donde generalmente vienen las crisis porque el rol ya no sirve, no acomoda, ni da bienestar, pero no sabemos “vivir sin el”. Estamos en tierra de nadie. Es es este momento – ojalá antes – donde yo siento que el acompañamiento terapéutico se hace más que nunca necesario porque para atravesar dicho impasse es imprescindible que la persona se fíe de que puede sostenerse a sí misma, pero para eso tenemos primero que apoyarnos en alguien que le enseñe a confiar. «

Pedro de Casso

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