Nuestro ego lleva muchos años haciendo de las suyas.
Conoce nuestros miedos, sabe dónde nos duele y tiene unas cuantas excusas preparadas para que todo siga más o menos igual.
Desmontarlo supone ir reconociendo al personaje y bajarle el volumen. Cuanto menos espacio ocupa nuestra parte más automática, más posibilidades tenemos de vivir desde nuestra esencia. Y, para empezar, toca ver cuánto nos hemos confundido con él.
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1. Recordar que somos más que nuestro personaje.
«Yo soy así». Con esta frase podemos despachar una conversación y cerrar cualquier posibilidad de cambio. Llevamos tanto tiempo pensando, sintiendo y actuando de determinadas maneras que damos por hecho que eso es lo que somos.
El eneagrama nos invita a revisar esta identificación. Podemos reconocer una tendencia sin convertirla en una sentencia. Que hasta ahora hayamos respondido así no significa que tengamos que seguir haciéndolo siempre.
Así, lo primero es reconocer que el ego NO tiene que ver con una parte más altiva o soberbia de algunas personas. El ego es el personaje que aprendimos a actuar para sobrevivir en la infancia. Ahí tuvo su sentido, hoy no tanto.
2. Pillarnos en el piloto automático.
Nos enfadamos por lo de siempre, nos contamos una historia parecida y acabamos haciendo lo que ya conocemos. Después llegan las explicaciones: teníamos razón, no nos dejaron otra opción, cualquiera habría hecho lo mismo…
Lo habitual es hacernos fuertes defendiendo lo que se supone que somos. Y esta es la mejor manera de no dar paso a lo que realmente somos.
La autoobservación empieza cuando nos detenemos a mirar esa secuencia. ¿Qué pasó? ¿Qué me dolió? ¿Qué estaba intentando conseguir o evitar? Podemos apuntarlo al terminar el día. Ver varias escenas juntas ayuda a descubrir cuánto repetimos.
3. Dejar de enamorarnos de nuestro eneatipo.
Si todo lo que descubrimos sobre nuestro personaje nos parece estupendo, conviene mirar un poco más. Quizá estamos escogiendo las descripciones que mejor nos dejan y pasando de puntillas por las que nos incomodan.
Reconocer que tod@s estamos un poquito medio locos, es el primer paso para la transformación.
El «eneagrama azucarado», que tanto incomodaba a Claudio Naranjo, puede resultar muy agradable; pero nos deja pocas ganas de revisar nada. Reconocer nuestra neurosis implica admitir también lo que maquillamos, justificamos o preferimos que nadie vea. Ahí empieza a haber trabajo de verdad.
4. Comprender cómo nos protegimos.
Nuestro personaje tiene una historia. Fuimos aprendiendo maneras de conseguir cariño, encontrar un lugar y protegernos de lo que nos hacía daño. Esas estrategias nos ayudaron a salir adelante con los recursos que teníamos.
Llegamos al mundo con un temperamento, y el carácter se va curtiendo en la búsqueda de un lugar en el sistema familiar. Así, sobre los 10 años ya funcionamos con un tipo de ego concreto. Con ello se consolida la personalidad y nos identificamos con un eneatipo.
Comprenderlo permite mirar con más cariño a quien fuimos. También preguntarnos si hoy necesitamos seguir defendiéndonos de la misma manera. Algunas respuestas que nos sirvieron entonces llevan años cobrándonos un precio demasiado alto.
5. Acercarnos al dolor que evitamos.
Debajo de muchas reacciones que nos complican la vida hay dolor. Nos defendemos para no sentirlo y, en ese intento, podemos terminar sufriendo más y haciendo daño a otras personas.
Acercarnos a ese dolor lleva tiempo.
A veces aparece tristeza; otras, miedo, vergüenza o una sensación de vacío que cuesta sostener. Necesitamos poder reconocerlo sin salir corriendo a taparlo. Con cuidado, respetando nuestros límites y buscando acompañamiento cuando haga falta.
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Echa un ojo a este grupo que comienza en breve y si quieres trabajar directo a desmontar el ego, te puede interesar mucho:
Grupo ONLINE: Desmontando al EGO
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6. Cultivar la presencia.
Podemos saber mucha teoría y seguir desconectados de lo que nos pasa. Volver al cuerpo ayuda a concretar: cómo estamos respirando, dónde hay tensión, qué emoción aparece y qué impulso tenemos.
Muchas veces, un paseo con los primeros rayos de sol puede ser lo más terapéutico del día.
La meditación y los pequeños momentos de atención cotidiana permiten conocernos desde la experiencia. Quizá al principio nos demos cuenta de nuestra reacción cuando ya ha pasado. Con práctica, podemos empezar a pillarnos mientras ocurre. Ese pequeño margen abre posibilidades.
7. Querernos también cuando no nos gusta lo que vemos.
Vernos manipulando, compitiendo o buscando aprobación puede escocer bastante. Sobre todo si teníamos una imagen muy distinta de nosotros mismos. Aquí necesitamos cariño para poder seguir mirando.
Aunque solo sea por una cuestión práctica, nos conviene amar lo que vemos. Porque aunque sepamos lo que queremos dejar atrás, en general, llevará tiempo. Así que, ser amables con lo que encontramos también es parte del trabajo personal.
Podemos reconocer una conducta, hacernos responsables y revisar sus consecuencias sin machacarnos. Nuestra parte egoica también necesita comprensión. Cuanto más podamos sostener lo que descubrimos, menos necesidad tendremos de esconderlo o justificarlo.
8. Compartir lo que descubrimos.
Hay cosas que reconocemos por dentro y nos cuesta muchísimo decir en voz alta. Mostrarnos ante alguien de confianza implica aflojar esa imagen que tanto nos esforzamos en mantener.
De hecho, contarnos verdad a nosotros mismos es, muchas veces, el paso más complicado. Pero una vez que lo hacemos, conviene mucho buscar (y encontrar) un espacio de seguridad donde compartirnos.
Compartir una dificultad concreta, en un entorno de confianza, puede profundizar mucho el trabajo. También dejarnos acompañar por alguien que vea nuestras trampas y se atreva a señalarlas con cariño. A solas podemos encontrar argumentos estupendos para seguir haciendo exactamente lo mismo.
9. Pasar del conocimiento a la acción.
Llega un momento en que toca hacer algo diferente con lo que hemos comprendido. Pedir lo que necesitamos, poner un límite, escuchar una crítica o reconocer un error sin añadir inmediatamente una excusa.
La mente nos sirve para comprendernos, la emoción nos recuerda dónde estamos realmente; pero, luego toca, dar un pequeño paso que nos aleje de lo de siempre.
Son propuestas que necesitamos ajustar a nuestros mecanismos y a nuestra vida. El personaje tiene muy practicado su repertorio; ensayar otra respuesta puede resultar torpe e incómodo al principio. La constancia permite que lo nuevo vaya encontrando sitio.
10. Aceptar que los cambios llegan de a poquito.
Después de una temporada de trabajo personal podemos encontrarnos otra vez en la escena de siempre. Y pensar: «¿Pero todavía sigo con esto?». Sí, nuestro personaje tiene mucha trayectoria y el proceso da unas cuantas vueltas.
Podemos mirar si sus reacciones aparecen menos, duran menos o tienen menos intensidad. También si las reconocemos antes y podemos reparar lo que hemos hecho. Esas pequeñas diferencias dan pistas de nuestro recorrido. Pillarnos ya es un montón.
El crecimiento personal no es lineal. Además, la vida, a veces, aprieta mucho y es ahí donde también puede salir lo peor de nosotros y, también, lo mejor.
Grupo ONLINE: Desmontando al EGO
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«Una tiene que romperse en pedazos…para encontrarse, por fin, con ese SER, sensible y resonante que habita en su interior» Gabrielle Roth
Texto redactado por Haiki
Agnieszka Stepien y Lorenzo Barnó
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«Un verdadero percatarse de lo que hacemos y de cómo y por qué lo hacemos transforma nuestras respuestas obsoletas en idioteces que probablemente caigan por el camino o que pierdan poder sobre nuestras intenciones esenciales».
Claudio Naranjo.
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