Haiki
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¿Cómo fue la infancia de cada eneatipo del eneagrama?

A partir de los 9 años de edad queda consolidada nuestra personalidad, entendiendo la misma como la suma del temperamento más el carácter. A partir de ahí, el ego va cogiendo su lugar y, con el paso del tiempo, cada persona se va identificando con uno de los nueve eneatipos. 

A grandes rasgos, en estos primeros años, podemos, de manera orientativa, cuadrar una serie de patrones comunes por eneatipo que nos pueden ser muy útiles a la hora de entender cada personalidad.

1 LAS HERIDAS DE LA INFANCIA

1.1 ¿De dónde sale la personalidad?

Cada vez está más claro que lo que nos ocurre en los primeros años de vida es decisivo en nuestra forma de ser actual. Venimos al mundo con un ADN vital al que llamamos temperamento. Ahí, se marca si el niño apunta a extrovertido – introvertido o si huele a emocional – racional. A este temperamento se van sumando los acontecimientos de la vida y la relación con las figuras materna y paterna es decisiva en la consolidación del carácter. Desde la bionergética sabemos que éste queda definido entre los 7 y 9 años.

Según Wilhelm Reich, el carácter viene a ser: “el modo habitual y fijo de reaccionar el individuo ante situaciones conflictivas parecidas a las que se le presentaron en la infancia, en la que el miedo al castigo u otras penas obligaron al niño a disminuir su respiración, tensar su musculatura y limitar su actividad interna y externa para evitar la ansiedad que la expresión libre de sus sentimientos le acarreaba”.

A partir de aquí la personalidad (suma de carácter y temperamento) va matizándose y al terminar la adolescencia somos lo que somos para siempre. Es decir nos identificamos con un eneatipo y este evoluciona pero NO cambia. El eneatipo es el personaje que esconde nuestra esencia, nuestro YO real. De hecho, en vez de decir «soy un tres o un siete», sería más preciso decir: «esto, el eneatipo, es justo lo que no soy. Lo que soy está detrás de este disfraz».

Así que, el trabajo consiste en bajar el volumen a nuestro ego (ver post) e intentar que nuestra alma tome el mando de operaciones. Para ello, nada mejor que volver a conectar con el niño puro y lleno de dones que un día fuimos. Es todo un proceso y conviene no tener prisa. La coraza que tenemos se ha construido con el goteo de miles de pensamientos, acciones y emociones, y hacerla saltar por los aires de un plumazo tampoco es un buen plan.

Nuestra vida está marcada por los mensajes del infancia, introyectos o identificaciones. Muchas veces, por similitud o por ir a la contra no somos tan libres como nos hemos pensando. Nuestra historia, en muchos casos, está marcada por seguir los pasos de papá o mamá. O bien al contrario, pesarnos los rebeldes de la casa, cuando en el fondo nuestra libertad sólo pasaba por ir en dirección contraria a la de nuestros progenitores. En general, hemos sido bastante esclavos del pasado y es ahora el momento de afrontar la verdadera libertad. Libertad que no libertinaje, que viene desde lo que realmente somos, desde poner en juego nuestros dones. Desde dejar de vivir la vida que otros esperan para nosotros. Este es el punto en que como papás y mamás debemos reconocer esos talentos de nuestros hij@s y facilitar que los desarrollen.

Com bien dice Joan Garriga: «Como hijos somos lo que son nuestros progenitores, heredamos de ellos la mayor parte de las actitudes, carácter y talentos; poder aceptar la herencia que hemos recibido y no rechazarla, nos pone en el mundo con todas nuestras capacidades. A veces, nuestros padres se ponen exigentes y sobre-protectores o tienen actitudes que nos dañan y ahí no queremos ser como ellos. Cuando los rechazamos estamos rechazando algo de lo que nosotros también somos y, por tanto, nos amputamos posibilidades (actitudes, capacidades y talentos) propias que nos podrían ayudar desarrollarnos.» Ver aquí

Así, como hij@s nos toca, en el caso de no haberlo hecho hasta ahora, descubrir nuestro potencial, fluir y ser lo más útiles posibles al mundo. Eso sí, el miedo a decepcionar suele estar siempre latente, pero no queda otra que arriesgarse y vencerlo.

Con todo ello, conviene ir poco a poco re-descubriendo nuestro YO real.

Para profundizar en este tema os animamos a leer el libro de las 5 heridas de la infancia de Lise Bourbeau y, también, Infancia, la edad sagrada de Evânia Reichert.

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Y por supuesto, no dejar de profundizar en la mirada de la bionergetica que viene a cuadrar cada fase del carácter con una herida de la infancia. En nuestra opinión, es mejor tomar este encaje de manera orientativa y no darle una certeza absoluta.

“La madurez del hombre es haber recobrado la serenidad con la que jugábamos cuando éramos niños.”

Frederich Nietzsche

2.2 Heridas y Bionergética

Bionergética – Heridas de la infancia:

Carácter Esquizoide – Herida del rechazo.

Carácter Oral – Herida del abandono.

Carácter Masoquista – Herida de la humillación

Carácter Psicopático – Herida de la traición.

Carácter Rígido – Herida de la injusticia.

Según Lowen y Reich, padres de la Bionertética, cada carácter tiene su formación en un momento concreto de nuestra infancia. En nuestra opinión, esto se debe tomar como algo orientativo, pues hemos visto que en muchos casos no es tan matemático como se suele afirmar:

Carácter Esquizoide. (Hasta los 3 meses)

Necesidad de ser visto y aceptado.

Carácter Oral. (De los 3 a los 18 meses)

Necesidad de cuidado y nutrición.

Carácter Masoquista. (De los 18 meses a los 2.5 años)

Necesidad de intimidad.

Carácter Psicopático. (De los 2.5 años a los 3.5 años)

Necesidad de independencia.

Carácter Rígido. (De los 3.5 años a los 6 años)

Necesidad de libertad

“Todos tenemos creencias que nos impiden ser lo que deseamos ser. Cuando más nos perjudican estas formas de pensar o estas creencias, más tratamos de ocultarlas. Incluso llegamos a creer que no nos pertenecen. Poder superarlas exige, por tanto, que nos reencarnemos en repetidas ocasiones. Nuestra alma podrá alcanzar la felicidad plena sólo cuando nuestro cuerpo mental, emocional y físico estén atentos a nuestro Dios interior.»

 Lise Bourbeau

Como decimos, mejor no te tomes esto como un dogma de fe. Además, así como siempre hemos sido un sólo eneatipo, sí somos, normalmente, mezcla de varios caracteres y podemos tener más de una herida de la infancia.

Más sobre el caracter de la Bionergética por aquí.

2.3 Heridas y Eneagrama

La herida básica de la infancia por eneatipo:

Eneatipo 2: No sentirse amado sin compensación posterior.

Eneatipo 3: No sentirse reconocido por él mismo.

Eneatipo 4: Abandono vital desde la comparación.

Eneatipo 5: Rechazo emocional.

Eneatipo 6: Traicionado y anclado en la duda.

Eneatipo 7: Evitación del sufrimiento y desconexión con la realidad.

Eneatipo 8: No ser cuidado desde su fragilidad.

Eneatipo 9: Masoquismo y evitación del conflicto.

Eneatipo 1: Sentirse imperfecto y reprimir su parte instintiva.

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2 LA INFANCIA POR CADA ENEATIPO.

Evidentemente, esto no son matemáticas y puede haber un margen de error. 

Lo que está claro es que, por ejemplo, mucha gente que se debiera identificar, por ejemplo,  con el eneatipo dos, se va al ocho. Sin embargo el ocho, ha tenido una infancia caótica y desestructurada, sin límites. Por contra, el eneatipo dos ha vivido una infancia aparentemente feliz, siendo, normalmente, un niño o niña que ha sido el preferido del progenitor de sexo contrario. Esto puede dar muchas pistas a la hora de aclararnos y entender mejor cada eneatipo.

2.1 TRIADA EMOCIÓN

La infancia en el eneatipo 2

La infancia de las doses, normalmente, viene tocada por el privilegio. Han sido las elegidas de papá y ocuparon el puesto de mamá. Por ello, su relación con la madre ha podido ser tempestuosa y hasta que no se sana esta herida infantil, también pueden tener problemas con las mujeres. Es como si entrasen rápidamente en una competitividad insana en la que sólo ellas pueden ganar.

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Más sobre El eneatipo dos, el orgullo.

La infancia en el eneatipo 3

Suelen pertenecer a familias acomodadas en las que los progenitores también tienen tendencia al logro. Suelen ser papás y mamás muy ocupadas y enfocadas en lo profesional.

Muchas veces, los niños treses pasaron por mucha indiferencia respecto a lo que realmente necesitaban. 

Fueron muy exigidos, pero no desde la norma (como el uno), sino desde la obtención de logros. Muchas veces, comenzaron a ganar competiciones y conseguir grandes metas, con un nivel de eficacia increíble. Todo ello les hizo crecer muy rápido. A veces, simplemente fue un constante sometimiento a los deseos de perfección de papá y mamá. Una renuncia a la parte más instintiva. L@s niñ@s treses se autocastran el deseo y su parte más «salvaje» para ser niños y niñas buen@s. Buen@s y además l@s mejores.

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Más sobre El eneatipo tres, la vanidad

La infancia en el eneatipo 4

El eneatipo cuatro conoce el dolor y el sufrimiento desde bien pequeño. Muchas veces, pudieron ser niños no deseados o que vinieron de rebote al mundo. Siempre hubo un hermano que tuvo más atención que ellos y eso, evidentemente, les hizo entrar en comparación. Por ello, es raro que sean hijos solos. En ocasiones, fueron criados por un pariente cercano o una abuela que hizo de mamá. El niño cuatro aprendió que los demás tenían algo bueno que él no tenía. Así que, imaginó que ese algo que ellos sí tenían debía ser algo malo, muy malo. Por ello, la envidia se desarrolla desde muy temprana edad y también  aparece la rabia. Si el niño va encaminada hacia el cuarto sexual, la rabia será puesta en juego con facilidad, pero si tiende a sus compañeros de subtipos, se la tragará de lleno. Desde muy pequeños se sienten incomprendidos. Tienden a exagerar sus necesidades; por lo cual, a veces, pueden parecer una especie de mendigos de amor. Tienen tendencia al victimismo.

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Más sobre El eneatipo cuatro, la envidia.

2.2 TRIADA RAZÓN

La infancia en el eneatipo 5

Suelen haber vivido algún acontecimiento impactante o bien durante el embarazo de su mamá o bien en los primeros meses de su nacimiento. Desde ahí se origina la herida del rechazo y muchas veces también del abandono. Incluso, pudieron vivir partos muy complicados que les hicieron encarnar en su cuerpo esta situación de tanto estrés. En general, son niños que suelen cuadrar con el carácter esquizoide la bionergética. Aunque no hay una relación directa con el autismo, la dificultad en las destrezas sociales del niño cinco son muy similares. Les cuesta responder a una sonrisa con otra, no son buenos pillando chistes (tienen un humor particular) o dobles sentidos. No demuestra demasiada preocupación (empatía) por los demás o si la tienen les cuesta expresarla.

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Más sobre El eneatipo cinco, la avaricia.

La infancia en el eneatipo 6

Su herida de infancia tiene que ver con la injusticia, pero también con una falta de confianza en sí mismos.

Les faltó una guía clara para desarrollarse en toda su esencia y no tuvieron figuras paternas demasiado cariñosas. 

Como los niños unos, crecieron con progenitores (por lo menos uno de ellos) demasiado severos y estrictos.

Fueron niños muy obedientes, que no daban guerra y, en general, buenos estudiantes. 

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Más sobre El eneatipo seis, el miedo.

La infancia en el eneatipo 7

Estos golosos del eneagrama recuerdan la infancia como un periodo de felicidad en el que todo fue abundancia; aunque, en realidad, pudieran pasar más de una privación. 

Son capaces de pintar de color de rosa cualquier acontecimiento desagradable del pasado.

Normalmente, tuvieron una relación muy estrecha con el progenitor de distinto sexo. Algo parecido al eneatipo dos, pero quizás sin tanta intensidad.  Y decimos una relación “estrecha”, no decimos “muy buena”. Tuvieron atención y cariño; pero, seguramente, también tuvieron una mamá o un papá un tanto asfixiante.

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Más sobre Eneatipo siete, la gula

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2.3 TRIADA ACCIÓN

La infancia en el eneatipo 8

Algunos autores, hablan de ellos como los “niños supervivientes”.

Suelen haber tenido una infancia bastante ajetreada y polémica. Son niños que han podido tener progenitores violentos -quizás sólo uno de ellos- y haber crecido en una familia desestructurada. Así, han podido recibir maltrato físico de manera habitual, y han tenido que soportar muchas veces papás enfermos o, por ejemplo, alcohólicos. Conforme fueron creciendo, el adolescente ocho también ha podido plantar cara al padre y, en ocasiones, tener situaciones límite.

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Más sobre El eneatipo ocho, la lujuria.

La infancia en el eneatipo 9

Pueden haber crecido en una familia numerosa donde la atención de sus progenitores no se centraba demasiado en ellos.

Además, cuando lo hacía, muchas veces, era para obligarles a comer más. También fueron muy ordenados por su papá y mamá para que no dieran guerra. Es como si siempre hubieran sido pisoteados suavemente. Tan suave que ellos ni lo veían. No sufrieron episodios dramáticos como sus vecinos ochos; todo estaba en una aparente calma. Pero en su infancia, el niño nueve siempre quedaba por debajo, el último, sin el aliento necesario.

El niño nueve no reclama, ellos colaboran para que todo vaya bien. Se hicieron invisibles desde bien pequeños.

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Más sobre El eneatipo nueve, la pereza (de sí mismo)

La infancia en el eneatipo 1

En su infancia fueron niñ@s buen@s, que, normalmente, no hacían mucho ruido. En general, fueron muy criticados y, en muchos casos, fuertemente castigados. Por ello, son demasiado autodisciplinados. Incluso los eneatipo uno jóvenes, en palabras de Claudio Naranjo, «es como si tuvieran mentalidad de viejo«.

Crecieron demasiado pronto y necesitaron de las reglas demasiado rápido. Más adelante, crearán sus propias normas que estarán por encima de las de la propia sociedad.

La herida de la infancia suele ser la injusticia y eso les lleva, en muchos casos, a una soledad extrema.

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Más sobre El eneatipo uno, el perfeccionista.

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Mapear las relaciones entre los 9 eneatipos.
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3 LA MIRADA A LOS PROGENITORES

Buscar el equilibrio entre mostrar nuestro enfado o tristeza por lo que nos pasó en la infancia y, a la vez, abrir la posibilidad de que podamos dar las gracias por lo recibido, es clave para poder vivir con plenitud.

NO funciona hacer como que no pasó nada y pintar aquellos años de color rosa, poniendo a papá y mamá como una especie de seres perfectos. Desde ahí, sólo hay buenismo y nos coarta la posibilidad de amar a nuestros progenitores tal como fueron y se comportaron con nosotros. Amar desde la imperfección, nuestra y del otro, es condición necesaria. Necesaria pero no suficiente. Hace falta más, para que ese amor no sea desde la necesidad o el mal apego.

Engancharse eternamente en la queja y el reproche tampoco es un buen plan. Así, perpetuamos al niño quejoso que no recibió lo suficiente. Si damos por buena esta opción y nos seguimos anclando al rencor, no podremos ponernos en situación de amar con libertad en el aquí y ahora. Si estamos en el odio y el miedo, por mucho que queramos, no podremos estar en un amor puro en la actualidad. 

Es importante que nos podamos poner en los zapatos de nuestros progenitores para entender, no sólo desde la cabeza, que no lo pudieron hacer mejor. Que lo que ellos habían recibido en su infancia no les capacitó para ser más amorosos o comprensivos. Si alguien de pequeño no recibió afecto y cuidado, será un milagro que luego lo pueda dar de adulto

Aun así, para empezar, por lo menos nos dieron la vida, que no es poco; en otros casos, mucho más.

Con estas palabras, no justificamos ninguna acción dañina que se haya hecho, tan solo damos un marco de referencia que muchas veces obviamos.

Como decía Ortega y Gasset eran ellos y sus circunstancias, y éstas, normalmente, no eran demasiado favorables. De hecho, el acceso a todo el conocimiento y sabiduría que hoy tenemos es algo inaudito en la historia de la humanidad. Para la mayoría de papás y mamás, por ejemplo, puede ser bastante evidente que los premios y castigos no son un buen plan para criar a sus niñ@s. En la actualidad, nadie se debiera plantear tocar (ni un pequeño cachete, nada) a un niño. Y la mayoría somos capaces de distinguir entre autoritarismo y autoridad. Aun así, como progenitores, la cagaremos mil veces; pero, en general, hay una conciencia muy diferente.

Todo esto que, hoy, puede ser algo normal, no lo era en las generaciones anteriores. En este sentido, el maestro del aquí y ahora, Eckhart Tolle, apunta: «Si usted es una de las muchas personas que tiene problemas con sus padres, si usted aún alberga resentimiento sobre algo que hicieron o no hicieron, entonces usted todavía cree que tenían elección, que podían haber actuado de forma diferente. Siempre parece que las personas tienen una elección, pero se trata de una ilusión. Mientras su mente con sus patrones condicionados dirijan su vida, mientras usted sea su mente ¿qué elección tiene? Ninguna».

Así, para no estar ni un lado ni en el otro (el hacer como que no pasó nada o el culparles de todo), hace falta un proceso. Es un camino que casi siempre ya está comenzado, pero que siempre se puede afinar. Hay que tener bien claro que quizás en la infancia hubo hechos demasiado duros. Tan injustos que quizás se hayan borrado de la memoria. En cualquier caso, es el momento de acogerlos y darles su sitio. Reparar el vínculo con los padres, en el caso de que esté patas arriba es una carrera de fondo. Pero lo importantes es acometer tan importante empresa.

Como dice Claudio Naranjo: “Solamente a través del amor a sí mismo puede el individuo ser capaz de amar a los demás, y solamente a través de la restauración del vínculo amoroso original hacia los padres puede a su vez amarse a sí mismo; porque de otro modo el resentimiento hacia sus padres recaerá sobre sí mismo y sobre los demás”. Por otro lado es cristalino el mandamiento mosaico “honraras a tu padre y a tu madre” y no existen culturas en las que persista el arraigo y el sentido tribal en las cuáles los padres no sean profundamente respetados. Una tarea por tanto para todos: reencontrar el amor a los padres y a través de ellos el amor a nosotros mismos y a la vida que hemos recibido hermosa e intacta (….) honrar a los padres significa que fueran los que fueren los hechos y vivencias de nuestro mundo infantil debemos aprovechar la vida recibida y hacer con ella lo mejor”.

Conviene tomar conciencia de lo que, realmente, ocurrió para, desde el presente, dar gracias desde el corazón. Situarnos en nuestro rol de hij@s, sólo hij@s que no se responsabilizan  ni se ponen por encima de mamá y papá. Da igual que hoy estén o no estén; muchas veces, nos los hemos tragado y siguen en nuestro inconsciente haciendo de las suyas. Cuando entramos en relación con el otro, normalmente vamos en equipo, cada uno con sus ancestros muy presentes. Y lo que conviene es reconocer su energía y tomar sus dones; pero, muchas veces, lo que pasa es justo lo contrario. Está papá diciéndonos “tienes que ser buena”, “este tipo no es suficiente para ti”… o mamá gritando “no te mereces alguien tan bueno” o “los hombres no son de fiar”. Cada un@ tenemos nuestros mensajes internos y sólo haciendo un trabajo muy consciente con los progenitores, todas estas voces bajan su volumen.

La buena noticia, es que esto es factible y, por suerte, depende de nosotr@s. Así que !vamos al lío!

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HERIDAS DE LA INFANCIA.

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