El ocho es intensidad pura. Una adicción sin límite al exceso.
Así como en la mayoría de los eneatipos hay una gran diferencia en alguno de sus subtipos en los ochos, como también ocurre en el nueve y en el cinco esto no es tan evidente.
De hecho, muchas veces, no es tan obvio ver qué subtipo es un ocho a no ser que esté en un estado neurótico máximo.
Quizás el ocho social se sale un poco más del papel habitual de «ocho malote», pero, a los ojos del resto de eneatipos, no deja de ser un ocho.
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Es el que se muestra más hacia afuera de los ochos. Para no ser tan temido, dulcifica un poco su imagen, aunque no deja de ser un lobo con piel de cordero. Aun así, no deja de ser una personalidad antisocial que intenta ser social.
En palabras del terapeuta Antonio Pacheco: «Buscan establecer relaciones de complicidad, ya que no hubo amor, al menos que haya amistad. Ahí pueden encontrar su apoyo y lealtad.«
Si ven una injusticia (que no sea provocada por ellos), pueden aparecer en el auxilio, pero su intervención tendrá siempre un punto igualmente injustamente violento. La pasión de la lujuria transmuta ahora en una especie de complicidad. Pero no sería una complicidad dulce y delicada; más bien sería como un pacto de sangre entre hermanos que irán a muerte si algo mal pasa. Una lealtad extrema que de tan intensa se vuelve nociva.
Suelen ser más estrategas y intelectuales. La agresividad violenta suele ser menos que en sus compis de subtipos.
En el amor el social sigue con la idea de abandono, de navegar e al negación y pasar a la acción siendo una persona cínica. Pone en juego su parte áspera y espera que a alguien más también le sirva. Reprimen su parte íntima para mostrarse supuestamente poderosos. Así, confunden el amor y pasan al odio en un momento. No es un odio puntual como el de los cuatro sexuales. Es un odio constante, con todo, y del que le es muy difícil salir.
La terapeuta María Elena Tinoco, recuerda de su infancia: «(…) Sentía un odio enfermizo contra mi padrastro. A la menor provocación, le dábamos unas madrizas bien fuertes. Mis hermanos eran más chicos que yo, así que les decía: «si no se los chingan, yo me los chingo a ustedes». Mis amigos eran en su mayoría varones. Amigas, solo tenía una de la escuela; las otras eran conocidas, del reventón. Mi anhelo de seguir con la escuela secundaria fue impedido por la miseria en que vivíamos; así fue que me tuve que ir a trabajar. Hacía la limpieza en un spa. Salía de casa a las cinco de la mañana y regresaba a las cinco de la tarde. No sabía qué quería, no sabía quién era, me sentía perdida en medio de una situación muy difícil en casa. Solo vivía para entregar mi salario a mamá y estar a la defensiva con mi padrastro. Mi existencia no parecía tener ningún sentido. Creo que ahí fue donde más desarrollé un desprecio muy grande por la vida misma; y al mismo tiempo reconozco que aparecía en mí también un deseo de suicidio, pero más como venganza, para que se sientan culpables otros. El deseo de matar o de que alguien se muera también era constante».*
Con todo ello, si el ocho social consigue mirar hacia adentro, y salir de esta espiral de odio e intensidad máxima, puede pasar a otra vida. Desde ahí, le será más sencillo emprender su camino de crecimiento personal, pudiendo llegar a ser buenos jefes. Aun así, tendrán un estilo de liderazgo muy protector e irán a muerte con los suyos. Quien se atreva a tocar a alguien de su entorno, será bueno que comience a rezar lo que sepa.
Esta energía a mucha gente le resulta atractiva y, a veces, se juntan el hambre con las ganas de comer; es decir, hay gente que necesita ser, de alguna forma, protegida y para ellos un ocho social, más allá de su centramiento o descentramiento, es alguien que les puede garantizar esta sensación de seguridad.
Tienen tendencia a proteger especialmente a los más débiles.
Pueden acercarse a grupos con una carga ideológica fuerte y, si les dejan, ocuparán una posición de poder. Intentan ser convincentes; pero, les cuesta mucho hilvanar un discurso minimamente coherente e hilvanado. Su des-estructuración interna también se traduce en el propio lenguaje. Por aquí, son la antítesis del eneatipo siete.
En este acercamiento, podrá jugar tanto el papel de hermano del alma (complicidad/alianza) como verdugo sin piedad. Quiere liderar y, a la vez, sigue odiando -o ninguneando- a quienes ha de liderar. Le cuesta aclararse y se habitúa a navegar en el caos. Desde ahí, conviven sus ansias antisociales y la atracción que pueda generar. Eso sí, como bien sabemos, la potencia sin un mínimo de control es el camino más directo al abismo.
Son los ochos más intensos y rebeldes. No una rebeldía, rollo dos, para salirse con la suya. Es una rebeldía confrontativa, de poder, de acción. Se podría decir que tienen un desapego social total.
Siguiendo esta idea, el terapeuta Antonio Pacheco apunta: «Necesita apoderarse del otro. Es un antisocial que da la cara, que declara abiertamente la hipocresía y la mentira del mundo. Es retador y lujurioso, se presenta como más malo de lo que es, intimidad a los demás y los somete para conseguir sus lealtad y que sirvan a sus intereses».

Son provocadores y harán ostentación de su «cualidad» de salirse de la norma y de ir con todo para satisfacer sus necesidades más mundanas. Podrán sacar pecho también de su anti-intelectualidad y la parte animal entrará en juego desde el primer momento. En un momento dado, esta parte tan instintiva se puede confundir con una emocionalidad real. De hecho, no es que no sientan, sienten y además a tope, pero les puede las ganas de poseer y el instinto de conquista.
El psicoterapeuta Jordi Santamaría, apunta: «Es la mezcla de la ópera y el heavy metal en uno. Actúa como si se le acabara el mundo continuamente. Es un Apocalipsis lujurioso con patas. El instinto sexual está encendido y quemando a 180 grados. Ya no es consecución, es posesión. No es competitividad, es agresividad en flor. Territorialidad, megaexpresividad, procacidad, una intensidad tan alta que cansa hasta de ver. El mundo deshecho y apaleado que hay debajo debe ir saliendo a flote, hasta ser amado.»
Pondrán a prueba a su gente cercana y al menor indicio de que alguien no está con ellos a muerte, lo sentirán como una traición. La pasión de la lujuria se transmuta en La posesividad. Son los ochos que en estado de neurosis extrema son muy posesivos y la pueden liar parda en el terreno de pareja.
Con todo ello, tienen un problema claro con los límites. Son, inconscientemente, los grandes invasores del eneagrama. Eso sí, ¡ojito con que nadie invada sus propios limites! Si no se centran, pueden ser maltratadores.
La terapeuta, Leonor Cabrera, en nuestro blog de Haiki, comentaba,
“(…) Mi eneatipo es un 8 sexual y lo que me hace identificarme con él es el haber intentado durante toda mi vida ser fuerte y poderosa para que no me dominen y para poder ser yo la que domine. También me hace identificarme con este eneatipo el haber buscado desde siempre la intensidad en la vida: cuando era adolescente a través de la competición como atleta, después como periodista y ahora en mi propio proceso de desarrollo personal cuando voy a un curso o cuando medito. “La vida tiene que ser intensa y tengo que exprimirla al máximo” sería una de las ideas locas que me hace identificarme con este eneatipo”. (ver post)
Este tipo de ocho, más que nadie, necesita encontrarse alguien en el camino con el que relacionarse desde la inocencia. Eso sí, esta persona tendrá que estar muy en su eje para mostrar los límites bien claros, hablar con mucha asertividad y no entrarle al trapo al ocho sexual. Si desde ahí, nuestro ocho sexual puede plantearse dejar de ocupar el papel de malo de la peli, se habrá dado un gran paso.
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Siempre buscarán la satisfacción de sus deseos y necesidades más primarias. En este caso transmutan la pasión de la lujuria directamente en la satisfacción. Está obsesionado con su deseo y lleva muy mal la frustración de no conseguir lo que quiere.
Para él la vida es una jungla y mostrar su vulnerabilidad (que la tiene) no es una opción. Es la ley del más fuerte.
En este sentido, Antonio Pacheco comenta: «Es egoista y se enorgullece de serlo; sólo mirar por sus intereses. En el mundo de los negocios puede ser duro y competitivo (convencido de que el dinero puedo comprarlo todo).
Como buen instinto conservación, y siguiendo la idea que comentábamos de lujuria-lujo, tienden a la acumulación y al exceso en lo material.
Como no les interesa especialmente encajar en ningún lado y su parte social está olvidada, hacen lo que les viene en gana y pasan de todo. No mantendrán una conversación de ascensor por llenar el silencio. Para ellos está bien hablar poco, siempre y cuando puedan sacar su garras e ir a por su presa. Lo harán pasando de cero a cien en un segundo. Una vez conseguido su objetivo, volverán a su guarida. Su egoísmo es desproporcionado debido a que su instinto de conservación funciona, desde siempre, desde la pura supervivencia.
Para ellos la vida es una jungla y no sobrevive el que mejor se adapta al cambio, sino el que tiene más fuerza.
A diferencia de sus compis de triada los unos, que están obsesionados con cumplir la norma, el ocho conservación ni la conoce. No le interesa lo que se supone que hay que hacer. Él hace lo que siente y lo valida siempre. Suelen tener una extraña concepción del bien o la bondad. En palabras, del genial Juanjo Albert: «(…) lo que los ocho de conservación necesitamos entender es que, apoyándonos en nuestra idea de que la bondad y las buenas intenciones no existen, lo que hacemos es descalificar y desacreditar ante nosotros mismos y ante los demás cualquier sentimiento o persona, idea o institución que se oponga a nuestros deseos. También, descalificamos por el mero hecho de tener algo en contra de lo que ir. Cuando un E8 se acerca a la terapia, esto es algo que ya intuye. Aunque no crean demasiado en el proceso terapéutico, es desde esta intuición que se acercan a él. A partir de aquí, es necesario ir asumiendo la angustia que origina el vacío de no tener razones para ir en contra de lo que sea. También hay que asumir que este movimiento compulsivo solo responde a la intolerancia, la frustración y a la angustia, y que, en el fondo, no es más que un deseo de venganza del que ni siquiera se sabe el porqué. Es saludable, por tanto, abrirse a la comprensión de que algo debe de estar tapando esta compulsión al ataque, puesto que no hay razones objetivas para atacar. Los ocho conservación también necesitamos abrirnos a la comprensión de que, en la realidad, hay algo más que lo puramente material y físico, y que nosotros somos algo más que un cuerpo. (…) Los E8 conservación también necesitamos reconocer que la generosa protección al grupo — que alcanza el punto de permitir a los demás que se apoyen en nosotros— nos es más que un modo con el que aseguramos nuestro estatus y ocultamos la inseguridad. Debemos darnos cuenta de que esta generosa oferta impone la condición de que las cosas se hagan siempre a nuestra manera, y exige que los demás renuncien a una parte de sus vidas y a sus modos de hacer. Todo esto implica una obediencia a la que llamamos falsamente lealtad.»*
Como vemos, esta exigencia en el otro a que se deje proteger tiene más trampas de las que pudiera parecer. Normalmente, se identifica al siete conservación con la idea de mafia, pero, no podemos olvidarnos, de los ocho conservación para esta identificación.
A este tipo de ochos les conviene mirar con mucho cariño al siete social o al dos para salir de este egoismo casi patológico..
*Extracto del libro 27 personajes en busca del ser de Claudio Naranjo.