Aunque algunos supuestos expertos en eneagrama siguen afirmando que los eneatipos se centran en un número y se descentran en otro, es bastante claro que cada ego-tipo puede tomar lo peor y lo mejor de los eneatipos con los que se relaciona.
Pero si seguimos profundizando veremos que hay flechas más habituales y otras menos habituales.
Y estas preferencias no dependen tanto del eneatipo como del subtipo.
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Si quieres saber cómo se centran y se descentran los eneatipos, te animamos a echar un ojo por aquí.
Si ya tienes este tema claro y conoces bien la teoría de los instintos de cada eneatipo, esta reflexión del MÓDULO 8 DE LA FORMACIÓN AMLIADA es para ti.
Así que, si te parece bien, vamos con las flechas más habituales de cada subtipo de cada número del eneagrama.
Nuestros orgullosos se relacionan con el E4 y con el E8.
De partida, el E2 subtipo social y sexual no tiene ni quiere tener demasiada flecha al E4.
En el E2, sobre todo en el social y en el sexual, cuesta mucho bajar a la herida, al vacío y a la carencia desnuda que sí obligaría a rozar la tonalidad del E4. El orgullo prefiere brillar, conquistar, ser alguien para otros y ocupar un lugar insustituible antes que reconocer dependencia o humillación. Por eso, más que recrearse en el dolor, el dos social se va a la ambición y el sexual a la conquista; ambos se sienten más vivos cuando están por encima o fascinando. La flecha al E8 les resulta más natural porque sostiene intensidad, empuje y derecho.
Además, ambos eneatipos conectan con el enfado más típico del E8, cuando sus planes no salen como habían previsto.
La del E4, en cambio, les pediría verdad emocional y desidealización.
Aun así, el E2 subtipo conservación suele “cuatrear” bastante y, en ocasiones se podría confundir con un E4 (no sexual).
El E3 subtipo social no tiene muchas ganas de irse ni al E9 ni al E6 y, sin embargo, le sienta de maravilla hacerlo, pues es la forma más sencilla de dejar de sacar pecho.
El E3 social, tomado por el prestigio, no quiere soltarse fácilmente ni hacia el adormecimiento del E9 ni hacia la duda y el temblor del E6. Vive armado para brillar, rendir y sostener una imagen eficaz, casi como si tuviera una propaganda interna funcionando sin descanso.
Muchas veces, no llega al extremo de ir sacando pecho; pero, en lo laboral, siempre quiere más. Y no un más porque le apasiona lo que hace. Un más que le lleva a soñar siempre con el siguiente nivel, cueste lo que cueste.
Sin embargo, precisamente porque está hipertrofiado en el hacer y en el aplauso, le sienta muy bien bajar un poco de ese pedestal. El E9 le devuelve sencillez, cuerpo y menos teatro del rendimiento; el E6 le obliga a reconocer incertidumbre, límite y necesidad de apoyo. Ahí empieza a aflojar el pecho y a aparecer algo más auténtico que la mera performance.
El E3 sexual puede confundir su complacencia con la habitual confluencia del E9 sexual.
El E3 conservación está muy cerca del E6 conservación, compartiendo pasión por la seguridad.
Todos los E4 respiran una autoexigencia excesiva que les hace tomar con mucha frecuencia la rigidez de su flecha al E1.
En el caso del subtipo E4 sexual, también se hace adicto a la vehemencia del E1 subtipo sexual o a sentirse, por un rato, superior como el E2 sexual.
El E4 vive a menudo bajo una auto-crítica feroz, aunque se revista de dramatismo o sufrimiento. No es raro que tome la rigidez del E1: necesidad de intensidad moral, de pureza, de estar a la altura de una imagen imposible de sí.
En el social esto se vuelve vergüenza y comparación; en el conservación, tenacidad sufrida; en el sexual, el asunto se vuelve más incendiario, porque a la envidia se le suma odio, competitividad y una forma de protesta vehemente que Naranjo llamaba “cortacabezas”.
A veces, incluso se siente superior como un E2 sexual: “yo siento más, amo más, sufro más”. Pero esa superioridad dura poco y vuelve la caída.
Los E5 miran al E7 con cierto desdén. Los ven como una cuadrilla de indocumentados, medio tramposos. Sin embargo, necesitan de esta flecha para salir de su cueva y mostrarse algo más brillantes socialmente.
Los E5 suelen mirar al E7 con una soberbia encubierta porque el siete les parece liviano, poco serio, embelesado con estímulos y demasiado amigo de embellecer la realidad.
Desde la avaricia de sí mismos, ese brillo les suena a dispersión, charlatanería o incluso trampa. Pero ese juicio es también defensa.
El cinco social, tan tomado por el tótem y lo sublime; el sexual, por el absoluto (y la búsqueda de confianza); y el conservación, por la cueva-refugio.
Todos necesitan algo del E7 para salir de su empobrecimiento vital. No para hacerse bulliciosos, sino para recuperar movilidad, presencia, gusto y circulación hacia el mundo. Sin esa flecha, el cinco corre el riesgo de quedarse seco, brillante por dentro y ausente por fuera.
Por otro lado, en general, salvo algunos E5 muy cabreados con el mundo, no toma su flecha al E8. De hecho, en general, la energía de la lujuria le da bastante miedo.
Nuestros miedosos suelen irse con facilidad a la flecha E9 y pueden caer en el hacer robotizado.
Por otro lado, suelen mirar al E3 con cierta desidia. Sobre todo al E3 social, al que ven como un prepotente indecente.
El E6 se desliza con facilidad hacia el E9 en forma de evitación del conflicto, obediencia al hábito o adormecimiento de la duda mediante la rutina. Esto se ve muy claro cuando el miedo no se reconoce como pasión y se sustituye por sistema, fuerza o búsqueda de calorcito.
El social se aferra al deber y al punto de referencia; el sexual convierte el miedo en fuerza e intimidación; el conservación busca alianzas cálidas y pequeñas seguridades.
Desde ahí, el E3 suele ser mal mirado porque representa una seguridad narcisista y un poder visible que el seis sospecha o desprecia.
Pero algo del E3 también le haría bien: afirmación, decisión y menos vacilación paranoide.
Aun así, como hemos comentado previamente, el E6 conservación mira mucho al E3 conservación.
Mientras, el E6 sexual resuena bastante con la imagen del E3 sexual.
Los golosos y gulosos no van con facilidad a la cueva del E5, salvo el E7 subtipo social, que sí sabe moderarse mejor que los subtipos sexual y conservación.
El E7, salvo quizá el social en su versión más idealista, no baja con gusto a la cueva del E5. Le cuesta parar, quedarse sin escapatoria y consentir que el vacío exista sin adornarlo.
El sexual idealiza, el conservación hace alianzas interesadas y el social sacrifica su gula para sentirse bueno; pero los tres comparten el movimiento de huida del dolor a través de la mente, del plan o del entusiasmo.
La flecha al cinco no les pide solo recogimiento, sino digestión, profundidad y una relación menos tramposa con el deseo.
El siete social la tolera mejor porque ya sabe aplazar algo; los otros dos sienten que ahí se les apaga la fiesta.
Por otro lado, nuevamente, solo el E7 social suele activar su flecha al E1. Aun así, a todos los E7 les sienta bien un poco de disciplina y orden del E1.
El E8 suele estar muy en sí mismo y no suele tomar demasiado de sus flechas al E2 y al E5.
Sin embargo, el trabajo de muchos lujuriosos, para salir de su exceso de intensidad, pasa por tomar la moderación y la discreción del E5.
El E8 suele estar tan afirmado en su intensidad, en su derecho y en la satisfacción de sus necesidades, que apenas toma, de entrada, nada de sus flechas. Ni la blandura aparente del E2 ni la retirada del E5 le resultan apetecibles.
El social lo vive como complicidad y lealtad beligerante; el sexual, como posesividad y centralidad; el conservación, como satisfacción y supervivencia directa.
Pero, justamente por eso, cuando el ocho trabaja de verdad, necesita mucho del cinco: bajar revoluciones, mesura, distancia frente al impulso y capacidad de no atropellar la escena. Sin esa moderación, la fuerza se vuelve tiranía del deseo. Con ella, aparece una potencia menos invasiva y más lúcida.
A su vez, cuando el E8 se va un poco al E2 y se pone mínimamente emocional, es su tabla de salvación. Si llega a mostrar su vulnerabilidad, el trabajo personal habrá sido un éxito.
Los E9 suelen resonar bastante con el miedo del E6 y también suelen ser bastante adictos a un conocimiento práctico. Comparten con ellos la evitación del conflicto.
Mientras tanto, el E9 subtipo sexual, el más confluente de los confluentes, resuena bastante con la complacencia del E3, sobre todo en el subtipo sexual, aunque no tanto con su tendencia al cuidado de la imagen.
El E9 resuena bastante con el E6 porque ambos comparten miedo a lo inesperado, dificultad para sostener una afirmación nítida y tendencia a preferir la paz del sucedáneo antes que el riesgo de ser.
El nueve social busca pertenencia, el sexual simbiosis y el conservación apetito; en los tres hay una sustitución del ser por algo que calma (aunque sea falsa).
También, pueden hacerse adictos al conocimiento o a una acumulación mental blanda, no tanto por pasión intelectual pura, sino como forma de no entrar en sí.
El nueve sexual, en particular, puede parecerse al E3 sexual en la complacencia amorosa, en gustar y adaptarse, aunque sin el foco tan fuerte en la imagen y el brillo.
Salvo el E1 conservación, nuestros iracundos andan bastante desconectados de la emoción. Así que poner la mirada en su flecha hacia el E4 suele ser un buen plan para salir de su rigidez mental.
Este E1 conservación está más en contacto con la preocupación, la falta y una cierta angustia perfeccionista.
Los unos suelen andar poco entregados al mundo emocional.
El social se blinda en superioridad e inadaptabilidad; el sexual, en vehemencia, celo y derecho intensificado al deseo.
En ambos, la emoción queda subordinada al deber interno de corregir, ordenar o imponerse con razón.
Por eso la flecha al E4 les conviene mucho: no para dramatizarse, sino para sentir, humanizarse y reconocer la herida detrás de la exigencia. Cuando el uno toca tristeza, fragilidad y necesidad, deja de empujar el río y empieza a parecer más verdadero que impecable.
A su vez, bajar su mirada crítica E7 les hará tomar su flecha y salir de tanta rigidez.